Hay museos que se visitan. Y luego está el Museo Gustave Moreau, un lugar que se recorre como si uno entrara en la vida íntima de un hombre. En la rue de La Rochefoucauld, a 8 minutos a pie del Hôtel R de Paris, este hôtel particulier de la Nouvelle Athènes se ha conservado exactamente tal y como lo quiso su creador tras su muerte en 1898: el apartamento del primer piso, los grandes talleres acristalados en las plantas superiores y una colección de cerca de 25.000 obras — 1.300 pinturas, acuarelas y cartones, además de 5.000 dibujos — organizada por el propio Moreau para mantenerse unida, con su orden, su atmósfera y su lógica.
Gustave Moreau, maestro del simbolismo
Gustave Moreau (1826–1898) es uno de los grandes representantes del simbolismo francés, una corriente que prefiere la alegoría al realismo, las figuras mitológicas a las escenas de género y las atmósferas oníricas a las representaciones literales. Sus grandes formatos dedicados a Salomé, Orfeo, Hesíodo o Júpiter fueron considerados durante mucho tiempo demasiado recargados o demasiado decorativos. André Breton y Salvador Dalí fueron quienes lo redescubrieron y le devolvieron el lugar que merece.
Moreau también fue un pedagogo excepcional: entre sus alumnos de la École des Beaux-Arts estuvieron Matisse, Rouault y Marquet. Su taller irrigó silenciosamente buena parte del arte del siglo XX.
La visita, planta por planta
El museo se descubre en cuatro niveles, cada uno con su propia atmósfera:
- Planta baja: renovada recientemente, alberga los grandes formatos y los objetos de arte que Moreau fue coleccionando a lo largo de su vida. Es el espacio más reciente en su presentación, pero conserva el espíritu del lugar.
- Primera planta: el apartamento íntimo. Las salas de estar muestran cuadros de su colección o obras de juventud, mobiliario Luis XVI, recuerdos familiares, y también obras regaladas por sus amigos Théodore Chassériau, Eugène Fromentin o Edgar Degas. La atmósfera de un interior de finales del siglo XIX sigue intacta.
- Segunda y tercera plantas: los grandes talleres acristalados construidos a petición del maestro. Lienzos monumentales colgados unos sobre otros en paneles giratorios que antes — y todavía hoy — permiten descubrir varias obras a la vez. Es aquí donde la visita adquiere toda su dimensión.
En el centro de todo aparece la famosa escalera de caracol de hierro forjado, tan decorativa como funcional, convertida en la imagen más reproducida del museo.






